Editorial
Las recientes decisiones de Donald Trump, desde la operación para capturar a Nicolás Maduro hasta sus declaraciones sobre atacar a los cárteles mexicanos, dibujan un escenario que parece sacado de un guion imperial. El presidente estadounidense se coloca en el centro de la narrativa continental, como si la seguridad de toda América dependiera exclusivamente de su voluntad y del poderío militar de Washington.
La captura de Maduro fue presentada como un triunfo contra el narcoterrorismo, pero también como un mensaje político: Estados Unidos no dudará en intervenir más allá de sus fronteras si considera que su seguridad nacional está en juego. Ahora, con la amenaza de ataques terrestres contra los cárteles mexicanos, Trump refuerza la imagen de un líder que busca extender su influencia sobre la región, incluso a costa de la soberanía de otros países.
El discurso de Trump se sostiene en cifras alarmantes —como las muertes por consumo de drogas en Estados Unidos— y en la idea de que los gobiernos latinoamericanos no son capaces de enfrentar por sí mismos a las organizaciones criminales. Bajo esa lógica, se erige como el guardián continental, el hombre que “hará lo que México no puede” o lo que Cuba no quiere.
En sus últimas declaraciones, Trump fue más allá: acusó a México de “comprar” compromisos energéticos con Cuba, convirtiéndose en proveedor de petróleo para la isla tras la caída de Maduro. Y lanzó una amenaza directa: destruir al régimen cubano si es necesario. Con ello, no solo presiona a México, sino que coloca a Cuba en la mira de una política exterior que se presenta como implacable.
Pareciera que lo que está sucediendo actualmente no solo es una metáfora de poder, sino también una advertencia sobre el rumbo de la política exterior estadounidense. La región se enfrenta a la posibilidad de que la cooperación sea sustituida por la imposición, y que el diálogo quede relegado frente a la fuerza militar.
Trump, con su estilo directo y confrontativo, ha dejado claro que no teme a las críticas ni a las tensiones diplomáticas. Sin embargo, cada paso que da en esta dirección refuerza la percepción de un liderazgo que busca dominar más que colaborar. Y en ese afán de coronarse como el “dueño de América”, el riesgo es que la región pierda su voz propia y quede atrapada en la sombra de un poder que se impone desde el norte.

